Caminar junto a su madre de la mano por el, hasta ese entonces, divertido Paseo Ahumada había sido esperado toda la semana. Todas las noches durmiéndose temprano y comiéndose toda su comida habían valido la pena. Las tiendas parecían acabarse nunca y vendían lo que se pudiera imaginar. La gente pasaba sin cesar por aquella populosa y angosta calle, todos con una cara distinta, no había un patrón de repetición como en los monitos de la tele, en los que siempre la gente en los tumultos pareciera ser la misma. No, esto era de verdad. Ella tenía buena memoria, siempre le alabaron eso las tías del colegio, por eso estaba segura de haber visto a miles de personas aquella mañana y a pesar de eso, ninguna se repetía sin importar cuánto tratara de encontrarles algún parecido. Todos desconocidos, todos mundos por conocer.
Tenía fama de hacer amigos muy fácil, a pesar de sus cortos seis años. Era la más risueña de la clase y todos querían estar junto a ella. Por donde se paseara llamaba la atención de la gente, una niña de esas que cualquiera quisiera tener por hijas… cualquiera. Por eso fue que aquel hombre le regaló esa sonrisa, por eso que le ofreció un helado mientras su mamita compraba un par de zapatos nuevos para la fiesta de la noche siguente, por eso que le ofreció su mano y… por eso es que se encontraba ahora en ese cuarto oscuro y húmedo, deseando haber sido una niña mala para nunca haber conocido el divertido Paseo Ahumada.



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