Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. Esta frase puede ser la más cliché de todos los tiempos, pero describe en plenitud lo que siento acerca de la que probablemente ha sido la banda de hard-rock/metal progresivo más grande que nos ha dado Chile: Matraz.
Nacida bajo el alero de innumerables y variadas influencias, la banda se carecterizó desde un principio por ser una mezcla de mundos: sonidos chilenísimos con otros más bien europeos, música docta y a la vez popular, la fuerza del metal yuxtapuesta a la calidez del piano solista, el rock puro mezclado con la peculiaridad de las marimbas y los más diversos instrumentos.
Nada parecía impedirle a Matraz conquistar el mundo, el cielo y más allá, dado su indiscriminado derroche de talento a la hora de crear y ejecutar, a la puesta en escena impecable de cada instrumentista y a la pasión vertida en cada una de las notas que de sus almas salía. Pero -porque siempre hay un “pero”- la historia dijo otra cosa muy distinta, para desgracia de la banda, sus seguidores y el mundo.


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