Escrito por: Fabián en Bocetos
Y la hoja cayó
nada impidió su descenso
El tiempo y el viento
llenaron su largo vuelo
con ideas vagas de libertad.
Fue dique reseco
sin norte
Se llenaría de anhelos
Profundos
Eternos.
Asfixias colmadas de cinismo
cargadas de frías estampas
Tiernos deslices
Grises, gélidos
Tristes.
Mas todo cuanto fue hecho
la pluma llenó de sangre
en aquel antro de ideales
banales
e inciertos finales.
Y la hoja cayó
nada impidió su descenso
El tiempo y el viento
llenaron su largo vuelo
con ideas vagas de libertad.
No Hay Comentarios »
Escrito por: Fabián en Bocetos
(Viene de Fantasmas).
Y siguió su lánguida marcha, no sin antes haber inhalado fugazmente un poco del aire viciado circundante, ni sin haberse resignado a aquel, su último sendero. Pudo alzar la cabeza, también podría haber alzado la mirada y la voz, de haberlo deseado, pero ya no existía una razón para hacerlo, de modo que se liimtó a completar su tortuosa faena mortuoria.
Los elefantes también lo hacen.
Uno tras otro quedaron atrás charcos malolientes de vida despojada, tantos fueron que Asterión los hubiese considerado pintoresca parte de su casa. Y el progreso tras cada paso era ínfimo e infinito al mismo tiempo −y eso le aterrorizaba−, negando el lugar a cualquier cuestión ajena a la trascendencia del momento. Una, dos… ni siquiera cien oscilaciones verían un avance. Uno, dos y el tunel llegó.
No fue por voluntad, jamás su alma cobarde le hubiese permitido semejantes libertades. Sólo siguió una orden lejana, demasiado interna, que le obligó a tomar aquel camino de entre todas las bifurcaciones precendentes. Y ahí estaba, en completa soledad, anhelando con resignación ese algo que podría llevarlo, si no a la redención absoluta, al menos a una paz permanente, innegable.
11 Comentarios »
Escrito por: Fabián en Bocetos
Chorreaba por sus manos un espeso hilo de roja vida, de esa que se escapa de los cuerpos de los que ya no desean más ser parte de este mundo. No lo notó, puede que simplemente no lo sintiera, pues continuó su inexorable andar por los punzones ardientes de su vía crepuscular. Se detuvo un momento, alzó la cabeza, miró a su alrededor y no vio a nadie, experimentando un miedo comparable al de un sepulturero frente a una lápida vaciada. Se apresuró a retomar su camino, pero éste ya no se dejaba continuar siquiera duplicando el esfuerzo anterior, pues algo había cambiado desde que sus ojos dejaron el suelo y se dirigieron a aquellos que lo hiceieron someterse a semejante tortura, desde que dio cuenta de que se desgarraba sin razón alguna.
2 Comentarios »